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Reflexiones del director Sudar la camiseta (aunque ya no la lleve nadie)


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En mis primeros años de reporterismo aprendí que el buen periodista era aquel que “sudaba la camiseta” buscando la noticia, como sea y donde sea. Con libreta húmeda, zapatos gastados y un estómago que aprendió a comer a deshoras.

La calle era el mejor escenario, no porque fuera un espejo perfecto, sino porque era un termómetro muy singular.

Allí se veían las dinámicas reales de una sociedad en transición: las colas del mercado, el rumor en la parada del concho, el letrero escrito a mano de un vecino que ya no paga el agua.

En ella se descubre algo nuevo cada día, cierto. Un semáforo que por fin funciona o una acera rota que nadie arregla. Progreso y retraso conviven a dos cuadras de distancia. Ese contraste, permite ver los rostros y matices del conglomerado que habita desde el barrio cerrado hasta el que está atiborrado de gentes y cachivaches.

Las historias de interés humano que salían de ese contacto frecuente con el público solían ser más reales y más verdaderas que las estadísticas oficiales.

Y mucho más que los boletines gubernamentales de prensa que, artificiosamente, pretendían mostrar una cara diferente.

El truco era simple: el Cabildo podría comunicar que construía un “nuevo parque”, pero la señora del del puesto de frituras te cuenta que solo cortaron los árboles para poner cemento.

Para entonces, el trabajo de los medios se caracterizaba por una combinación de presencia diaria en las fuentes oficiales (con el riesgo de ser usados) y un equipo en las calles midiendo pulsos de vida real.

Con este modelo, evitábamos depender mayoritariamente del gobierno. No siempre lo lográbamos —algún director cedía por pauta—, pero al menos no éramos gacetas oficiales descaradas.

Las cosas fueron cambiando. Ya los medios no pululan por esas fuentes; son las fuentes las que mantienen la distancia, pero al revés: ahora inundan las redacciones con notas de prensa y artículos de fondo propagandístico, disfrazados de información.

Como ese estilo se veía a menudo en la época en que reportereaba, los colegas decíamos que el Gobierno “sembraba más” en los periódicos que en el campo. Y el chiste sigue doliendo porque sigue siendo cierto.

Hoy, con la increíble saturación de noticias e imágenes que nos llegan desde todas partes, minuto a minuto, y que inundan todas las plataformas digitales, volver al reporterismo de calle puede agregar un valor mayor al trabajo periodístico.

Pero mucha atención: esto no es mágico. Salir a la calle cuesta dinero, tiempo y, a veces, seguridad. Muchos medios ya no pueden mandar a nadie porque ni para el pasaje alcanza o porque no disponen de muchos vehículos.

Aun así, se preserva el contacto humano cara a cara. Eso no lo puede hacer ninguna aplicación de Inteligencia Artificial. Y emergen realidades generalmente no conocidas: el vendedor que te dice dónde se está gestando un disturbio antes de que explote, la abuela que te muestra la cuenta de la luz que ya no puede pagar, el niño que juega entre escombros mientras en el noticiero hablan de inversión social.

Recuerdo que, durante el confinamiento por la pandemia del COVID, uno de los contenidos más vistos por nuestros usuarios eran los recorridos visuales, en vivo, por las calles desiertas de la ciudad.

Increíble cómo la gente se enganchaba a esas transmisiones, ansiosa de ver la ciudad que no podía pisar por el encierro forzoso.

No era el contenido más sofisticado, era el más humano.

Volver a la calle, en estos tiempos, es redescubrir y sentir las innatas pasiones del periodista, en contraposición al modelo de redacción digital basado en lo que fluye por redes y nos consume horas frente a las pantallas, mirando el mismo tuit repetido veinte veces.

De ahí el éxito de los llamados creadores de contenido que sí se mueven por las calles, haciendo reportajes en vivo. Ofrecen abundante información, sí, aunque a veces también mucho show.

El reto no es solo salir a la calle, sino salir con criterio. Porque sudar la camiseta ya no basta: hay que volver con algo que el algoritmo no pueda anticipar ni registrar. Y convertirlo en valor noticioso nuevo y exclusivo.

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